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jueves, 13 de agosto de 2009

Yo solo cuido el camino


Cuando el consultante entró con El Profe Pablo García, buscando una sanación, luego de más de ocho horas de viaje hasta llegar a Huautla de Jiménez, en la Sierra Mazateca de México, las palabras con que mi maestro lo recibió fueron las siguientes:

“Los hongos hacen el trabajo. Los hongos te mostrarán las cosas que tú no quieres ver. Esa es la sanación que buscas. Yo solo cuido el camino. Lo de sanarte está en tus manos y en las de Dios.”

Algo relevante de este testimonio está en validar como el chamán no se identifica así mismo como hacedor / salvador, al contrario, su oficio se fundamenta en ser simple vehículo, canal o puente, espejo, facilitador, partero, etc.

Para él era importante que cuidáramos la fuerza del propio consultante, invitándonos siempre a estar atentos a nuestra soberbia sin menospreciar la dignidad, sensibilidad y autonomía del Otro, y lo más importante, sin quitarle al consultante la responsabilidad de que su sanación y equilibrio solo depende de él mismo.

Por otro lado, su testimonio guarda también una importante clave: La conciencia de ver más allá del síntoma y descubrir que la raíz de lo no resuelto es el mecanismo disparador de la sanación. Ver lo que antes no podíamos ver nos lleva a un lugar de conciencia diferente y desde allí el impulso natural de nuestra naturaleza dinámica nos pone de nuevo en movimiento, es decir, en el cambio, fundamento de la sanación.

(El Profesor Pablo García haciendo una limpia en el Cerro de Adoración, Nindó Tocosho, Huautla de Jiménez, Oaxaca, México).

martes, 2 de junio de 2009

Inmersión en los territorios inconcientes


A petición de algunos lectores busqué, con un ejemplo muy didáctico, describir cómo es la inmersión en los territorios inconcientes del otro, es decir, eso que llamamos chamanizar. Es un caso bastante sencillo pero elocuente de cómo se puede entender la biografía de una persona a través de la geografía que se vislumbra dentro del propio viaje enteógeno. El relato que a continuación describo es parte de un viaje más largo, que incluye facetas más profundas, pero el aparte sirve a los fines antes descritos.

Una mujer me consultó para tratar su miedo al rechazo y un patológico deseo de complacer a los demás, sobre todo a la propia pareja. Trabajé con la mujer sirviéndome de los hongos, los cuales los dos ingerimos. En el viaje enteógeno vi una niña de cinco años jugando sola y triste en un cuatro lleno de juguetes con formas fantásticas. Le pregunté a la niña qué le pasaba y me dijo que su mamá no estaba.

Concientemente le pregunté a la consultante que le había pasado a los cinco años y me dijo que su hermana había nacido. Esa pregunta y su propia respuesta le dio un insight sobre un sentimiento de abandono que había sentido por parte de su madre, el cual había reprimido todos estos años, (corroboré posteriormente que su madre había tenido que estar inmovilizada en los últimos meses de embarazo por complicaciones) detonándole en ese momento un llanto catártico que se alargó por varios minutos hasta alcanzar un estado de paz profunda. Imágenes de cascadas y ríos turbulentos acompañaron el llanto, las aguas alborotadas fueron amainando su fuerza lentamente mientras hablaba con ellas solicitando su apaciguamiento. Al sumergirme una vez más en el viaje enteógeno pude ver la metáfora de la integración de la experiencia, cuando veo que la niña se despide de mí, bastante complacida, llevada de la mano de una mujer que carga un bebe a la espalda a la manera indígena, las tres cruzan una puerta y salen a un exterior luminoso.

La intervención generalmente es más literal y profunda, trabajando directamente en la metáfora y la imaginería animista que el otro abre al vincularnos dentro de la experiencia enteógena, todo depende del asunto a trabajar. En este caso se resolvió la experiencia no resuelta sin tanta mediación. Igual, todo resultó en un cambio paradigmático de la mujer, la cual que no volvió a recaer en las angustias de un posible rechazo afectivo o sus miedos anticipatorios de una ruptura con su pareja.

martes, 12 de mayo de 2009

El miedo a la locura



La perdida de control, el desorden cerebral, la alteración cognitiva, la inmersión en los delirios (del latín delirare, que significaba para los agricultores romanos "desviado del surco recto"), cualquier cosa que amenace la norma y el salirse del sistema religioso-económico-cultural imperante, es tachado como demente. Si el comportamiento no es aceptado lo reducimos a enfermedad. Los poderes de turno demandan que la irracionalidad debe “eliminarse”. Dando a entender que cualquier fenómeno anormal es aberrante. Nos venden que nos cuidemos de cualquier cosa que lleva a la persona al borde de su razón, tanto que el mismo individuo ya no puede decidir qué hacer o dejar de hacer criminalizando la propia libertad de elegir, por ejemplo, el tomar un alucinógeno o un enteógeno (algo fundamental en las culturas originales para la estabilidad emocional dentro del marco social).

El nuevo tratado inquisitorial llamado DSM-IV (Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales), cada día cataloga y crea nuevos trastornos y enfermedades, dándole qué comer a miles de psiquiatras, investigadores clínicos y laboratorios, que por supuesto, ya tendrán su medicamento que regresará al perturbado al seno de sociedad. Para el filósofo francés Foucault los hospitales psiquiátricos, las prisiones, las escuelas y los centros de reclutamiento manejan el mismo lenguaje de poder coercitivo, criminalizando y excluyendo todo lo que no sea permitido, y donde unos pocos tienen el poder de excluir al individuo de la sociedad y determinar las condiciones de su admisión en ella.

Rescato los conceptos de antipsiquiatría el de que la enfermedad mental es una invención oportunista y opresiva de la sociedad. La familia y la sociedad, después de perturbar a ciertos sujetos, los declara enfermos y los reduce con el tratamiento. Se les tacha de peligrosos y los mantiene vigilados o confinados por la posibilidad de la autolesión o el intento de homicidio; si es así quisiera saber si hay más asesinos esquizofrénicos que normales.

Les dejo con un video de Terence McKenna, estudioso del chamanismo y de los estados alterados de conciencia. Antes de su muerte, en el 2000, McKenna fundó Botanical Dimensions, una organización sin ánimo de lucro dedicada a preservar plantas de tradición chamánica del Amazonas en Hawaii.

sábado, 2 de mayo de 2009

Vivir en tiempos de Influenza

Comparto un interesante documento escrito por nuestra amiga Catherine Fauconnier (su entrevista está en el link del título), que precisa la significación biológica del síntoma de la Influenza Porcina:

Sigo activa en la reflexión y la concientización de la situación de influenza, y como varios de ustedes me lo pidieron, les comparto mi campo de acción. Mi enfoque principal es la biología. No voy a abordar el enfoque simbólico o arquetipal, solo biológico.

¿Qué está pasando hoy? No hablaré del trasfondo político y social. Creo que tuvimos muchos mails para enterarnos de las dinámicas ocultas que se vislumbran atrás de las medidas tomadas desde la primera noticia oficial de la influenza, y cada quien verá lo que más corresponde a su sentir al respecto.

El punto central: Es importante entrar en la lógica del síntoma, su significación biológica. Estar en el antiguo paradigma es hablar del “virus” como un enemigo a combatir y eliminar. Hasta ahora he leído todo tipo de interpretaciones: virus creado por laboratorios que conspiran, arma química de complot, polvo cósmico, puerta abierta para el cambio al amor, etc.

Un virus primeramente es una secuencia genética. No se puede reproducir solo. No es autónomo. Es decir que provoca proliferación celular de las células que lo albergan (que infestan según los presupuestos de antes). Es una respuesta programada y lógica de parte del organismo que lo hospeda, no un invasor, corresponde a una necesidad. El virus que nos corresponde hoy es una combinación: apareció en las aves domesticas, en el momento que las exigencias de la producción industrial las hacían crecer como cosas y no como seres vivos. Luego sucedió lo mismo para los puercos, y ahora nos toca a nosotros como especie humana, en la ciudad de México.

Su función es de rellenar cavidades, crear tejido, en especial: parchar los bronquios. A esto se dedica, específicamente. Es una respuesta a una ulceración de los conductos bronquiales. Es decir que solamente ver y atender la proliferación viral con sus síntomas asociados es ver la mitad de lo que está pasando, digamos técnicamente limitarse a considerar solamente la fase 2 de la enfermedad, el proceso de reparación.

La fase 1 empieza en el momento donde se dispara el conflicto, hasta que encontremos una solución. La fase 1 es lo que vivimos en la Ciudad de México, como también en muchos otros sitios en el mundo. Es un estrés, un conflicto de miedo, de susto, en nuestro territorio de vida. ¿Dónde puedo vivir? ¿Con la contaminación, los narcos, la violencia, los asaltos, los secuestros, el estrés laboral, la crisis económica, los problemas sociales? Es difícil encontrar una seguridad, y si la estoy creando en mi hogar, cada vez que abro la televisión entra como una invasión todo el discurso que refleja: “no tienes lugar seguro en este mundo de locura y violencia’, con las imágenes de muerte.

El cuerpo es nuestra herramienta perfecta: soluciona lo que la persona no tiene consciente o no actúa. La respuesta biológica de sobrevivencia es de aumentar la capacidad de captar aire en los bronquios, abriendo el diámetro de los conductos bronquiales, con ulceraciones en la pared de los tubos, con el propósito que pase más aire. Esto hacemos en México. Es nuestra adaptación. Puede haber otra: si el miedo es tan fuerte que la persona vea su muerte, la adaptación sería desarrollar proliferación celular del tejido pulmonar, para asimilar más aire directamente, se llama cáncer pulmonar.

Entonces nosotros tenemos un estado de estrés, de meses o años, y unos bronquios alterados. Si sigue la situación exterior (o la imagen que se hace de ella, percibiendo el mundo como un peligro), el cuerpo se va agotar, o puede que entre bronquitis, pulmonía, y todas las enfermedades respiratorias asociadas. Si el organismo está sobre-solicitado (en la simpaticotonía durante largo tiempo), la enfermedad (en la vagotonía) rebasa la capacidad de reparación, y la persona se puede morir en este intento de sanar, o en la epicrisis (una palabra técnica que habla de una recapitulación del estado de estrés, en medio de la fase de recuperación, donde todos los síntomas de la primera fase reaparecen, antes de continuar el proceso de reparación y de cicatrización). Este es la ley de selección de la naturaleza. El individuo que se agotó buscando una solución, sin resultado, no sirve para la especie, no es suficientemente eficaz en su proceso de resolver los conflictos, es el precio de la rigidez (o de la desinformación).

Ahora, según el cambio de paradigma de la nueva medicina, el conjunto de micobacterias, bacterias y viruses son nuestro equipo de reparadores y limpiadores (claro que a nuestro servicio, con una cantidad controlada y tolerable para el estado del organismo). Tenemos tantas bacterias simbióticas, la primera que conocen es Escherichia Coli, que nos ayuda en el sistema digestivo, pero son millones más, a veces activas, a veces latentes, lo seguro es que las tenemos adentro, y no afuera del organismo. Son especializadas. Para que los bronquios puedan entrar en un proceso de reparación necesitan un virus adaptado este terreno histológico. Como los pollos que no tenían lugar para vivir en las granjas industriales donde comen sus propios excrementos y a veces viven tan apretados que ni tocan el suelo, como los puerquitos hacinados, cada especie desarrolla su organismo reparador para la situación precisa. Los bronquios son tejido ectodérmicos, necesitan un virus. En el caso de tumor pulmonar, se necesita la micobacteria de la tuberculosis.

Desarrollar la enfermedad de la influenza es la fase de reparación de un conflicto agudo sobre nuestro territorio vital (también puede ser simbólico: la casa, la pareja, el trabajo, un lugar en la sociedad). Este virus lo creamos como especie humana, recombinando material genético aviar y porcino, para corresponder a esta situación de estrés nueva. Los genes no son “autistas”, se moldean y se adaptan para encontrar nuevos modos de sobrevivencia. Con la inflamación, el edema, la calentura, el “parche” tisular que provoca la proliferación del virus, el cuerpo puede poco a poco restablecer el equilibrio metabólico y cicatrizar. Claro que esto es medicina, no se trata aquí de automedicarse ni confiar en las estrellas u otras creencias. Es importante atenderse adecuadamente en esta segunda fase, acompañar la calentura, controlar los edemas y los síntomas que se puedan presentar, aliviar el dolor, checar si el cuadro se complica con el estado anterior de salud o una situación especial. Lo ideal para hacerlo es en un lugar cómodo, y bien acompañado, con un sentimiento de seguridad y confianza, sabiendo que el cuerpo, en lugar de ser atacado, se regenera.

Para el síntoma de la gripe “normal”, congestión de las vías nasales, es más sencillo. Un conflicto de que algo “huele mal”, y la solución viral es sencilla, provoca edema, flujo, para lavar las vías respiratorias altas. Por esto, estornudar es tan ‘contagioso’, es una reacción. Si hay miedo, todo el mundo genera esto, más miedo si mi reacción ante un estornudo es alejarme. Me quiero separar de esta sensación, porque no lo suporto. En términos biológicos para nariz y rinofaringes es conflicto de separación.

El trasfondo histórico y cultural:

Ahora, ¿cuál es la sensibilidad especial de México? ¿El “para que” de esta expresión del conflicto? Un poco de historia nos enseña que la última epidemia de influenza apareció justo al final de la revolución, tan letal para los mexicanos. Proceso de reparación, ante la situación de guerra civil, donde cada bando arrasaba con la población, invadiendo su territorio y acaparando sus recursos.

Más atrás vemos los estragos virales que diezmaron a la población indígena en la conquista. Fallecieron los hombres jóvenes, no las mujeres, niños, ancianos. (Según el paradigma anterior: los más vulnerables no fueron los que murieron). Por la sencilla razón que son ellos que vivían el conflicto más fuerte de susto y miedo en su “territorio”: la conquista les quitó sus tierras, sus familias, sus mujeres, sus recursos. Algo similar ocurre ahora. Los que más sufren de la situación, son los adultos jóvenes, que comienzan en el mundo social y laboral, buscando su lugar, y los adultos que deben defender a su familia de la inseguridad bajo todas sus formas, las mujeres que buscan salir delante en una sociedad agresiva. La mortandad de ahora corresponde a personas de 20 a 50 años.

México es un país de conquista, de colonia, de invasiones repetitivas, de despojos, y cada vez, se reactiva este conflicto (este es la parte transgeneracional) con la misma herramienta de sobrevivencia, enfermedad con segunda fase de reparación con un virus asociado. Podemos intuir sobre el devenir internacional de este conflicto. Con la inquietud, la psicosis crece el conflicto, y de manera simétrica, crece la respuesta orgánica. También en muchos países las personas no sienten que tienen un lugar para vivir, desarrollarse. Pueden ser en los países donde guerras y miseria imperan, pero también en los países desarrollados cuando se sienten perdidos, insatisfechos, sin rumbo. Es el terreno fértil para este tipo de respuesta biológica personal.

Los recursos que se están usado hoy:

Las medidas de seguridad y contingencia que hoy nos rigen tienen sus pros y sus contras.

- Los pros: existe una autoridad, existen límites. La sociedad se une en una meta común. Sin juicios. Todo lo que refleja seguridad es una buena solución para el conflicto: “me siento con tranquilidad en mi territorio”. Todos los mecanismos sociales que contienen a la populación, impiden que desborde una situación en un caos que pudiera rebasar los límites de asimilación del sistema, son útiles. Favorecen la resolución del conflicto.

- Los contras: la sociedad es atomizada. Cada persona vive, sola, con la imagen del miedo, de la psicosis, como en una guerra con un enemigo potente. Salir es un peligro, ya no se puede abrazar a su prójimo, ni besar a sus amigos, ni enseñar la cara al mundo, ni ver una sonrisa en el rostro de los que cruzamos en la calle. El metro esconde los peores monstruos, reunirse tiene consecuencias fatales. El mundo entero se vuelve un invasor. Y si escapo a esta sensación recreando un nido en mi hogar, abrir cualquier medio de comunicación como la tele o el radio es abrir la puerta otra vez al susto. No tengo lugar, el conflicto se incrementa, también su solución, el número de “infectados” crece, y con este mecanismo de propagación del miedo, se pude volver mundial. Es posible que en un futuro se asocien miedos a tener un lugar en tiempos de crisis económica, en tiempos de catástrofes naturales, de desastre ecológico. El “para que” del virus queda claro. En la historia las epidemias son asociadas a los grandes cambios. La solución es adaptarse a la nueva situación con responsabilidad, antes que el cuerpo proponga una respuesta que nos pueda rebasar.

Lo que podemos hacer hoy:

- Disminuir el impacto del conflicto, que no sea vivido en la soledad, primero. Es importante comunicar, expresar, crear, actuar, hacer redes de consciencia o de apoyo, no quedarse aislado. Si no puede salir por respetar las medidas de contingencia, existe el teléfono, internet, comunicación entre las personas que viven bajo el mismo techo. La tonalidad es: hablar. En la medida que hable, actúe, el cuerpo se tranquiliza, la parte inconsciente no se vuelve tan importante, y el cuerpo no se dispara de la misma manera, porque siente que “alguien”, ya está al cargo, al mando, y dirige el barco emocional en una dirección elegida.

- Cuidar los otros conflictos que pueda tener, y trabajarlos. Es una manera de liberar el cuerpo de otras cargas. Es nuestra responsabilidad de, primero, descubrir cuáles son nuestras necesidades, y luego, los medios para atenderlas.

- Cuidar si hay reactivación posible de un conflicto de territorio anterior (con un jefe, con un hermano, con un trabajo, etc...), y trabajarlo. También hacer esta indagación con los conflictos de separación.

- Reconocer cual es “su” territorio, delimitarlo, cuidarlo, ponerle sus límites claros (también reconocer el territorio del otro y sus límites). En este lugar, implantar su aceptación, su goce, su bien estar. Desarrollar un lugar de seguridad y cuidarlo. Puede ser su casa, su relación, su proceso, un lugar geográfico o interno en su mente o corazón, lo importante es reconocerlo. ¿Se acuerdan de la búsqueda del lugar del aprendiz de Castaneda? Tiene que encontrar su lugar en un cuarto, piensa que es fácil, pero por fin pasa toda la noche buscando, hasta el momento que “elige” estar en “su lugar”.

- Ser conscientes de los conflictos subyacentes. Ahora estamos en la onda de choque de la influenza. Esto opaca la onda de choque de la parte económica y social, ya están en puerta. Implementar estrategias (una de ellas es buscar fuentes diferentes para generar prosperidad, puede ser con monedas alternativas).

- Acompañarse adecuadamente en la fase 2, que corresponde a la etapa viral, en caso que la tengan, siguiendo las reglas sociales y médicas vigentes. Los medicamentos, si, sirven, no para aplastar un enemigo exterior, pero para modular las respuestas del organismo..

- Observarse y ser coherente para bajar su nivel de estrés, así la enfermedad (reparación) tiene síntomas menos fuertes.. Agradecer su cuerpo de todas sus reacciones, sabiéndolo escuchar, es información valiosa que nos permite resolver las situaciones de crecimiento que nos presenta la vida

- Darse valor para cambiar, en este mundo cambiante antes que nuestro cuerpo nos lo pida gritos. Responsabilizarse.

Después de esta reflexión compartida, quedo a su servicio para aclarar dudas, intercambiar ideas, implementar acciones, crear esta red colectiva de inteligencia donde cada uno tiene su buen lugar. Confío en la creatividad de cada uno, y en la creatividad que podamos desarrollar como grupo.

Catherine

A México, 1° de mayo 2009

miércoles, 18 de febrero de 2009

Madurando el dolor

Reconocer el dolor es una forma de llevarlo a su maduración. Nuestra sociedad ha montado todo un tinglado de técnicas y medicamentos para escapar del dolor, como si se tratará de un enemigo despreciable y el bienestar se fundamentara en su exclusión radical. Pero en condiciones donde los analgésicos ya no aportan a la reducción del dolor o antes mismo de pensar utilizarlos, se puede experimentar un cambio de mirada sobre el mismo.

Entendiendo el dolor como un proceso físico diferente al sufrimiento, que es la emoción resultante de ese dolor, debemos verlo como una expresión energética de nuestro ser que se manifiesta cuando se moviliza energía donde antes no se hacía. Lo podemos ver cuando hacemos ejercicio en extremo o forzamos nuestra mente en algo. Nuestro cuerpo nos reclamará atención. Este torrente de energía no tiene una cualidad positiva o negativa, simplemente es una señal de alerta que nos saca de nuestro discurso mental y nos arraiga en el presente, conectándonos concientemente con nuestro cuerpo.

Cuando nos resistirnos al dolor emerge el sufrimiento , pero si lo observamos concientemente el dolor se convierte en un mensajero que nos trae al presente, a nuestro cuerpo, ese lugar del cual siempre queremos evadir y solo disponer para el placer como única medida. Si quitamos nuestros barreras al dolor podemos verlo como realmente es, una expresión de nuestro ser buscando reclamar atención sobre algo. No solo sobre nuestro cuerpo, que sería una reducción al síntoma y reforzaríamos la creencia de que somos entes separados mente vs cuerpo, si no de algo más profundo. Es una llamada que hace nuestro Ser como última medida luego que cerramos las demás vías de comunicación. La pregunta sería ¿qué trata de decir mi Ser a través de mi cuerpo? Qué requiere ser escuchado y que antes estaba en la inconciencia? Debemos estar atentos y no simplemente cerrar oídos. De esta forma, mirando más allá del síntoma, podremos entender nuestro ser como una unidad mente-cuerpo-espíritu y estar conscientes a todos sus aspectos, hasta los que hemos aprendido a marginar.

miércoles, 29 de octubre de 2008

Pontifex "Constructor de Puentes"

Hacer una labor de Sanación que no implique una toma de conciencia por parte del cliente no tiene sentido. Lo único que haremos será revolver sus campos energéticos creyendo que hemos cumplido el trabajo. Pero no es así, la inercia natural lleva a que todo regrese al mismo lugar si no hay conciencia de por medio. Es fundamental conectarse con el paciente e ir más allá, debemos servir de puente con aquello que necesita integrarse al flujo de la vida. De allí el título de este Blog.

En la antigua Roma la construcción de puentes suponía el rompimiento del orden natural (ordo rerum) que los Dioses habían establecido, pues con estos, una creación del ingenio humano (Ego), se cruzaba un río sin mojarse. Para reestablecer el orden se buscaron personas que sirvieran de intermediarios con lo Divino y Numinoso llamándoles Pontifex. Con el tiempo la palabra fue incorporada a religión católica romana refiriéndose actualmente al título del Papa.

Tomando solo su sentido etimológico y lejos de un contexto peyorativo, como Sanadores debemos servir de puente para los síntomas. Debemos escuchar como el cuerpo habla y los síntomas físicos y energéticos responden. Entendamos que el síntoma es un recurso de nuestro Ser para manifestar una alteración del orden. Primero aparece como una coagulación energética en la periferia sutil de nuestros campos para luego comenzar a densificarse más y más hasta emerger en nuestro plano físico. A lo largo de este camino siempre está pulsando por hacer algo conciente como una carencia o una necesidad existencial insatisfecha.

Seamos sensibles a él, escuchémoslo y aprendamos a traducir su mensaje. Así nos convertiremos en Pontifex para nuestros clientes, ayudándole a unir la orilla donde se establece la Conciencia y el otro extremo, donde los aspectos inconcientes y espirituales que nos gobiernan habitan. El solo hecho de vincular el mensaje del síntoma y hacerlo conciente genera una nueva mirada y ello basta para reiniciar el proceso natural de nuestro Ser. Hacer conciente lo que antes no lo era es nuestro trabajo fundamental, lograrlo permite que el fluir vuelva a tomar lugar y con ello el balance hacia ese proceso continuo de hacerse conciente que llamamos Vida.

jueves, 2 de octubre de 2008

El sanador es un partero

«La enfermedad es el lugar donde se aprende».
Blaise Pascal


La enfermedad la debemos entender como un síntoma de que nos estamos resistiendo a algo. Ella aparece cuando algo reprimido puja por salir y nosotros en contravía de nuestra naturaleza dinámica nos resistimos a ello. El sanador así busca contactar lo oculto, lo encerrado, lo encubierto, lo contenido y velado, y le ayuda en su tránsito a la conciencia.

El sanador reconoce que el dolor de la afección son solo las contracciones frecuentes preámbulo de algo que está por nacer. El sanador acompaña el trabajo de parto y de esta forma le permite a lo estancado ver la luz. El sanador no encasilla la enfermedad como Mal, él lo transfigura en semilla que puja para expresar algo nunca dicho. Su mirada sin prejuicios ayuda a que lo liberado abra los ojos en un mundo que no lo estigmatiza.

Esa semilla puede venir de todo aquello que está luchando por ayudarnos a ser nosotros mismos, pero que nuestro ego, cumpliendo el mandato de los patrones externos (familia, sociedad, religión, etc), retiene para que nos mantengamos en el statu quo de lo conocido. El ego siempre preferirá lo malo conocido que lo bueno por conocer, así nos mantendrá dentro de los parámetros del deber ser y buscará cualquier forma para contener nuestros impulsos naturales por salir de nuestra torre, por crecer. Para el ego el autoconocimiento es un mal nefasto, ya que autoconocimiento implica cambio, una palabra herética para él.

El sanador le ayudará a su paciente en este trabajo de parto, buscando que no se resista a ello, no le tema al movimiento porque de hacerlo sería temerle a un aspecto de sí mismo, una dolorosa contradicción que puede terminar expresándose a través de su propio cuerpo, un conflicto fundamental que tarde o temprano somatizará. El sanador invitará a su paciente a que vea y acepte lo que ha retenido por tantos meses dentro de sí, que vea y acepte lo que lo impulsa a crecer, que se vea y se acepte a sí mismo en toda la extensión de la palabra. Con esta aceptación se le da la bienvenida a un aspecto nuevo de nosotros, por amenazante que lo sintamos. Dar este paso es entrar en un proceso curativo donde no nos castigamos por ser lo que somos, al contrario, bendecimos todo aquello que nos hace ser, todo aquello que nos da vida y sostiene. Este suceso lo debemos celebrar como la llegada de un nuevo hijo y el sanador estará allí, acompañando a su paciente en el inicio de su nueva vida.

lunes, 29 de septiembre de 2008

La sanación energética explicada a incrédulos

Más allá de contextos esotéricos, tradiciones religiosas y doctrinas New Age por un lado y por otro, la crítica alópata que reduce todo a un efecto placebo, muchos terapeutas holísticos, practicantes de la sanación energética, se encuentran con el hecho de legitimar su labor ante un público muchas veces incrédulo ante el ejercicio de estas técnicas. Por ello, sin pretender pontificar y solo desde mi experiencia, quiero explicar la Sanación energética alejándome de cuestiones que impliquen creencias y afiliaciones, sino más bien como un fenómeno con una explicación.

¿Cómo se explica una Sanación Energética? Lo fundamental es entender la interrelación entre el terapeuta y su cliente. En el exacto momento que el paciente entra en el ámbito del terapeuta los dos comienzan a entablar un intercambio de información energética. Es decir, el hecho de definirse un sujeto como Sanador o Terapeuta y el otro como paciente o cliente en procura de equilibrio, propicia que cada una responda a un rol específico con funciones determinadas, que al vincularse se integran en un sistema.

El dialogo así, entre Sanador y Paciente, lleva a los dos a un estado de vinculación energética, es decir, el alineamiento entre el Sanador y el paciente permite que alcancen un estado combinado donde los dos funcionan como un Sistema Cerrado, cada uno cumpliendo una función. De allí la importancia de procesos empáticos que logren la vinculación entre los dos sujetos (Rapport).

La sanación se produce luego de que un sujeto, en este caso el Sanador, que tiene la condición más organizada y constante de energía compensa la del paciente, el cual vive un desequilibrio energético originado por los conflictos que vive o el desbalance orgánico que padece. La estabilidad energética de uno compensa la del otro dentro del Sistema Cerrado y así se logra la sanación o el equilibrio dinámico (similar a la homeostasis biológica) con sus efectos psicosomáticos. ¡Simple! ☺

La eficiencia de esta transferencia energética es proporcional a la coherencia energética del Sanador, de allí la importancia de alcanzar estados de atención concentrada o autonulificación en el momento del trabajo terapéutico, lejos de los monólogos del ego que nos llevan a interrumpir y contaminar el trabajo.

Es de este modo que podemos encontrarnos que la sola presencia de un Gurú o un Maestro Espiritual (sujetos con alta coherencia) generan estados de balance o hasta remisiones espontáneas imposibles de lograr por otras fuentes (Gurús como Amritanandamayi o Sai Baba dan fe de ello).

De otro lado este Sistema Cerrado Sanador + Paciente, permitirá la transferencia de información y el acceso a conocimientos no verbales de forma intuitiva (pueden llegar imágenes, sensaciones, recuerdos ajenos, etc.) algo normal en nuestro trabajo pero difícil de entender para los incrédulos.

Así, podemos explicar la Sanación, como un proceso de transferencia energética dentro de un Sistema Terapeuta + Paciente. La Coherencia energética de uno radiará sobre el otro lográndose así el equilibrio.

jueves, 25 de septiembre de 2008

La Epifanía del Sanador

Tanto nosotros como muchos de la Sanadores con los que trabajamos y a los que enseñamos, han vivido experiencias cumbre que los llevaron a tener conciencia de un hecho trascendental: todo por lo que estaban dando la vida respondía más a un compromiso ajeno a ellos (la familia, la sociedad, el estatus, etc) que a un impulso esencial de su naturaleza más profunda.

Estas epifanías pueden venir gestándose luego de años de lucha interior, en ese conflicto entre el querer ser uno mismo y el asumirse totalmente. Esos momentos previos a la revelación fundamental pueden identificarse por un sinsentido de vida, un reiterado vacío existencial formado a raíz de habitar precariamente esa tierra de nadie que hace de frontera entre los territorios del deber ser (externo) y el ser (interno). En ese lugar no hay forma de mediar, se és para tener sentido de vida o se renuncia al reclamo interno asumiendo las consecuencias de tal negación.

Pero siempre nuestra verdadera esencia encuentra camino en nosotros para manifestarse y confrontarnos. Es allí cuando, como último recurso, la enfermedad aparece y nos habla, arrincona sin consideraciones los pretextos que hemos construido por años para no ver lo que verdaderamente somos. Así entendemos la enfermedad no como una enemiga que hay que extirpar sino como una herramienta que nuestro ser utiliza para reflejar nuestras carencias y anhelos no cumplidos.

Este proceso es el mismo que testimonian diversos chamanes alrededor del mundo, cuando accidentes, encuentros cercanos a la muerte, ciclos extremos de penuria y enfermedad, los llevan a revalidar lo que han hecho de sí mismos, siendo ellos los únicos responsables de su propio estado y no las circunstancias, como comúnmente hacemos. Estos hechos los obligan a su vez a tomar conciencia del verdadero camino sin enmascararlo con falsas pretensiones o nuestros típicos “lo pospondré para más adelante cuando haya tiempo”.

Tomar conciencia de lo que somos, y vivir coherentemente con él es el proceso fundamental de nuestro paso por este mundo. Es a través de escucharnos y responder positivamente al llamado que asentimos a la vida y la terminamos dando por algo y no finalmente por nada, como vemos a diario a nuestro alrededor.